¿Si le pudieras dar un consejo a tu ser humano de hace diez años, cuál sería?

Autor del meme: desconocido. Compartido a mí por Fernanda Valenzuela

Antes de que alguien intente tomar el liderazgo de cualquier cosa en el mundo,

debe ser capaz de tomar el liderazgo de su propio cuerpo

LAO TZU

Hace unos meses acudí al dentista, fui a hacerme una limpieza nada más y salí con diagnóstico de todas las muelas con caries, una endodoncia semi urgente y la necesidad de ortodoncia. Y según yo iba por prevención…

Por eso, para responder a la pregunta y título de este ensayo, yo sin duda le aconsejaría lavarse bien la boca. Minuciosamente; pasando el hilo dental por entre los dientes y utilizando enjuague bucal. Y por supuesto, lavarlos religiosamente después de cada comida.

Resulta que mis caries son de esas que no se ven a simple vista sino con ultrasonido. De esas que pudren la pieza silenciosamente. De esas en la que, si acaso tan solo aparece un pequeño puntito negro, pero que en cuanto el dentista escarba con su maquinita, se crea un socavón tremendo que te deja la pieza al borde de endodoncia. Así nomás, de un día para otro.

Y en cuanto al consejo que le daría a mi ser humano del pasado, no es porque no me hubiera lavado los dientes antes, pues siempre he tratado de cuidar la sonrisa, pero es verdad que hasta esta edad es que he sido más consciente en tener una VERDADERA higiene bucal.

Porque, independientemente de que habemos personas más susceptibles a tener caries, según el ph salival y factores genéticos (¿cuántas personas hay que ni los dientes se lavan y no tienen ninguna cavidad? —léase esto con cierto tono de envidia y con un emojie de ojitos pa’ rriba y emputado—), también el hecho de no utilizar el hilo dental con frecuencia y con la técnica correcta durante tantos años influyeron en la gestación de mis caries.  

Y ni modo. Me he tenido que hacer responsable de mis negligencias del pasado si es que quiero que mi ser humano del futuro no me reproche. Es decir, una vez que me hicieron ver todos los males que ya traía y las posibles, pero casi inminentes, consecuencias, me fue posible ignorarlos y me tuve que hacer cargo.

Me pregunto: ¿cuántas piezas postizas habría tenido mi ser humano del futuro si no hubiera acudido a una “limpieza de prevención” a mis 32 años?

Y resulta que, entre mis conversaciones random con mi amiga Fer, se me ocurrió recomendarle a mi dentista de cabecera para que le hicieran una limpieza. “¿No crees nuestra vida era más feliz antes de ir con la dentista?”, me dijo al volver de su primera cita. Ya se encuentra en su etapa de ortodoncia: dos años de utilizar brackets. Ella que se burlaba al verme pasar hasta quince minutos lavándome la boca antes de dormir: el hilo, el cepillado con técnica, el enjuague bucal, las gárgaras con agua tibia con sal… lleva tiempo hacerlo bien. Ahora ella también lo sabe. Ya no se burla de mí.

Su pregunta, aunque sarcástica, me hizo abrir todo un tema de reflexión y debate en mi cabeza: “¿No crees nuestra vida era más feliz antes de ir con la dentista?”

Cuan cierto es que a veces es más cómodo ser ignorante. Ser inconsciente. Porque si no sabes en qué estas errando, no hay nada de qué hacerte responsable y mucho menos hay culpa por no hacerte responsable de algo que desconoces. Entonces, me parece que las opciones son pocas y son claras:

  1. No indagar en los aspectos que podrían mejorar nuestra calidad de vida: nuestra salud, nuestras emociones, nuestras finanzas, nuestras relaciones interpersonales…Ser felices en apariencia y esperar a que algo reviente y tengas que actuar de emergencia y tal vez con más complicaciones. Es decir, hasta que las muelas te duelan y tengan que sacarlas de raíz.
  2. Hacer introspección y autoevaluaciones con cierta frecuencia para reencaminar nuestra existencia por la línea en la que la queremos llevar. Acudir a limpiezas de prevención y procurar un ser humano más sano, más consiente.

Puedo decir que mis caries recién arregladas se han convertido en una metáfora de vida. Me puse a pensar en cuantas cosas he estado haciendo de manera equivocada durante tantos años solo porque así me enseñaron y jamás me había detenido a siquiera cuestionarme si es la mejor manera, o, mejor dicho, la manera que me funciona a mí. Hábitos, creencias, actitudes que me han llevado a construir cierta personalidad y cierta manera de interpretar el mundo. ¿Cuántas caries mentales habré dejado pasar durante tantos años?

Darse cuenta de que nuestro conocimiento es ignorancia, es una noble comprensión interna. (Lao Tzu)

Hacerme responsable de mi ser humano del presente, dejar de culpar a mi ser humano del pasado para que no me reproche mi ser humano del futuro. Es mi nueva y más reciente convicción de vida.

Y no solo se trata del “futuro”, al final da un poco igual, después de Covid-19 ya no pienso tanto en el futuro, pero es verdad que comenzar arreglar tu cuerpo de manera interna te hace sentir mejor y relacionarte mejor con el entorno en el momento presente.

Por eso, quien estime al mundo igual a la fortuna de su propio cuerpo, puede gobernar el mundo.

Quien ame al mundo como a su propio cuerpo, se le puede confiar el mundo. (Lao Tzu)

En el caso de los dientes, no es que vaya por el mundo enseñando mis nuevas resinas, nadie las ve, nadie se da cuenta. Solo yo me doy cuenta, y me siento como más limpia por dentro. Lo cual me hace sentir más contenta y supongo que eso sí se refleja hacia fuera, eso sí lo notan los demás.

Y por eso coloqué esa imagen en el encabezado de este ensayo-reflexión. A veces habitamos tan fuera de nosotros, que le damos mucho peso solo a lo que se ve. ¡Qué le hace que por dentro estemos podridos! Mientras el maquillaje cubra las imperfecciones y la foto tenga el encuadre perfecto y los filtros adecuados.

Entonces pienso que, si bien a mi ser humano de hace diez años le aconsejaría una mejor higiene bucal, entre otras cosas, me pregunto, si acaso vivo otros diez años, ¿qué cosas me agradecería mi ser humano del futuro?

Para responder a esa pregunta, así como con las caries, hay que escarbar más en la conciencia y resanar lo que se pueda…

Y para finalizar, vuelvo a citar la obra Tao Te King del filósofo Lao Tzu:

El que conoce a los demás es inteligente

El que se conoce a sí mismo es iluminado

El que vence a los demás es fuerte

El que se vence a sí mismo es la fuerza

Tal vez luego de que lean esto les provoque tomar el teléfono y agendar una cita con su dentista. Yo les diría, no lo hagan.

No lo hagan si no están dispuestos a aceptar todos los males que traen en la boca y llegar hasta las últimas consecuencias, hasta dejar su boca sana. Si no están preparados a invertir tiempo y dinero. Si no tienen lo que se necesita para indagar, reconocer, aceptar y hacerse responsables de su ser humano de hoy.

Pero por si acaso están dispuestos, les puedo pasar los datos de mi dentista.

Es broma.

Nota al pie de página: pienso que, con tanto producto para higiene bucal que he adquirido últimamente, bien podrían patrocinarme los de Colgate, Gum y Oral B por utilizar y promover sus productos.

Esto no es tan broma.

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Los diez secretos para valer menos verga en la vida

El azar es el ritmo del mundo, el azar es el alma de la poesía

MIGUEL DE UNAMUNO

Me encontraba sentada al comedor de metal en la terraza de la casa de Teresa en la Sierra de Madrid. Era verano. Las dos nos habíamos levantado muy temprano, preparamos el café y cada una se dedicó a lo suyo. Ambas todavía en bata de dormir.

Yo sostenía entre mis manos Marinero en Tierra de Rafael Alberti, repasaba lo aprendido en la clase de poesía. Pasaba las páginas leyendo en voz alta:

“…Y ya estarán los esteros

rezumando azul de mar.

¡Dejadme ser, salineros,

granito del salinar!”

“Octosílabos, estos versos son octosílabos”, repetía luego de cada estrofa y contaba tapeando los dedos sobre la mesa.

Teresa salió a donde estaba yo, dando pasos cortitos y arrastrados para que no se derramara el agua del recipiente que sostenía entre sus arrugadas manos. Comenzó a regar las plantas de junto al barandal de herrería que separaba la terraza del jardín. Desde ahí también echaba un vistazo a las ramas de la enorme higuera que daban la mitad de la sombra en el jardín entero. Al mismo tiempo que dejaba caer los chorritos de agua, cantaba: “Una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid, tara ra ra ra ra ra ra”. Ochenta y cinco años tenía para entonces Teresa y todavía recordaba las canciones populares de su época.

Cerré el libro y presté atención a sus pausados movimientos y sus cánticos. Sentí que esa imagen era mucho más bella que los versos que repasaba, con todo el respeto que el señor Alberti merece. En ese momento me pareció más valioso ser testigo con todos mis sentidos de una escena que no sabría cuándo volvería a repetirse: el aroma del bosque que bajaba en oleadas desde lo más alto de la sierra y se mezclaba con el olor de mi taza humeante de café, el calor del sol que apenas se levantaba, el sonido de las campanas que colgaban de los cuellos de las vacas del terreno conjunto…Teresa sintiéndose orgullosa de que ese año la higuera estuviera repleta de frutos y los anturios hubieran florecido.

Me sentí tan bien que podría decir que fui feliz. Me puse a pensar en que los meses que había convivido con ella, desde que la universidad me asignó su residencia, nunca la había escuchado maldecir, criticar a alguien. Siempre salía de su boca palabras de amor y de bondad hacia otras personas, hacia las plantas, hacia los animales. Admito que también la comida que preparaba estaba impregnada de amor, bondad y algún sofrito. ¿No es esa la belleza de la vida?

Y aunque ya antes había escuchado esa frase trillada de que la vida sucede ahora mismo y que como un todo se construye a trocitos, creo que fue a partir de ese día que he podido ser más consciente de ello, ser consiente de verdad. He podido entender que son esos momentos en los que logramos experimentar la vida en su plenitud; esos que pronto se convierten en pasado y se vuelven parte de nuestra historia; esos que van marcando nodos en nuestra línea del tiempo y a los cuales la memoria vuelve de cuando en cuando para recordar lo que hemos sido y lo que hemos hecho. Para más o menos construirnos como seres humanos.

A propósito de esta reflexión, rescato algunas líneas de la nivola del escritor Miguel de Unamuno al cual he leído recientemente:

“Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque, esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa.”

“Una inmensa niebla de pequeños incidentes”. Y por eso, ahora, cada vez que estoy procuro estar. Eso es, cuando estoy, procuro estar. Estar con los ojos, estar con los oídos, estar con el olfato… con el cuerpo entero. Observo mi entorno en cada cosa que hago.

Lleno mi piel de la humedad de la mañana cuando salgo a correr, me dejo alcanzar y rebasar por los primeros rayos del sol. Y soy feliz. Un ratito nomás, pero soy feliz.

Ahora bien, en cuanto al título de este texto, que se antoja vulgar, lo sé, es más bien una crítica por el empachamiento que siento ante los encabezados motivacionales que abundan allá afuera: “Los secretos para una vida exitosa”, “Diez pasos para alcanzar la felicidad”, “Cinco hábitos para conseguir el éxito”, bla, bla, bla…

Pienso que bien nos caería a esta generación darle un giro a nuestra “búsqueda de felicidad”. Como sea que cada uno la interprete, apuesto que tiene que ver con un estado de paz, tranquilidad, plenitud o algo así… como sea, al final es lo que creemos mejor para nosotros. Pero siento pues que nos falla el enfoque. ¿Por qué no empezar desde lo más trágico e ir avanzando a través de pensamientos, hábitos y acciones, hacia una vida menos horrible? Una vida más soportable y sostenible a largo plazo.

Me explico mejor. Hay pensamientos que nos llevan a acciones y momentos que hacen que la vida sea rescatable, no digo ni siquiera hermosa, solo rescatable, y que gracias a ellos se nos desdibujen los ánimos por el suicidio.

“¿Usted ha pensado alguna vez en el suicidio? Yo sí. Pero nunca podré. Y eso también es una carencia. Porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien. Tal vez el secreto resida en que mi cerebro tiene algunas necesidades propias del corazón, y mi corazón algunas exquisiteces propias del cerebro.”

Esto último no lo digo yo, sino Mario Benedetti en La Tregua, pero el caso es que de pronto lo he pensado así.

En los últimos dos años se me ha venido a la mente una reflexión random y esto es que “se nos va la vida tratando de entender la vida para de todas maneras no llegar a ninguna respuesta que nos convenza. Nada nos convence y mientras tanto se nos va la vida”. No sabemos por qué nacimos, pero tampoco nos queremos morir. Aunque ya sabemos de antemano que nos vamos a morir. Dice Unamuno que “el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor de la conciencia de la muerte incesante de que estamos siempre muriendo”. Y no es que esto sea un descubrimiento para la humanidad, pero si un descubrimiento en mi persona.

Parece, pues, que esa fuera la finalidad de nuestra existencia. Llegar a la conclusión a la que han llegado los grandes personajes de la historia: científicos, filósofos, escritores, pintores, músicos, todos buscando expresar lo que la vida representa, sus hallazgos. Y la conclusión ha sido la misma. La existencia humana no tiene ningún fin en particular. Punto. Pero tal parece que necesitamos comprobarlo cada uno desde nuestra propia experiencia.

“La vida es gratuita y eso es todo.

Gratuita en todos los sentidos.

No cuesta nada porque no sirve para nada.

No hay que pagarla con sangre, justificarla con miedo o recaudarla en actos. Hay que prestarse a ella y dejar que se haga con nosotros.” (Francisco Umbral, Mortal y Rosa)

Y realmente no tengo un decálogo de secretos para valer menos verga en la vida. Pero es cierto que a partir de ciertos hábitos, actitudes y perspectivas que he adoptado es que me pesa menos existir.

Comencé por dejar de luchar contra mí misma y el hecho de comprender mi razón de ser, ahora simplemente soy testigo de mi propia vida. “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”. (E.M. Cioran, Conversaciones)

Pero que esto no se mal entienda. No he dejado de hacerme preguntas, no he dejado de querer aprender, de experimentar, de evolucionar… simplemente que ya me quité el peso de encima de querer saber por qué vine yo a este mundo. No lo sé, nadie lo ha sabido nunca. Y está bien ya no querer investigar. Se siente uno más ligero. Incluso más libre. Libre porque ya no tengo el peso de tener una misión en la vida, ya hago las cosas porque quiero, no por destacar en el mundo. ¿Destacar ante quién? ¿Para qué?

Decidí renunciar a esa idea que me llenaba el alma en la juventud (mis veintes). Supongo que es normal, las ganas de hacer algo magnifico y revolucionario son inherentes a la juventud misma. Sin embargo, dejé de percibir ese gran objetivo de mi vida como un punto en el tiempo al cual llegaría y desde el cual podría ver hacia atrás y pensar en que todo el esfuerzo y el sufrimiento habrían valido la pena. Ahora que creo que ese pensamiento mío era tan solo bull shit.

Es decir, no creo que nadie sea particularmente especial. No creo en ese lapso en el tiempo de completa plenitud. No creo ya que exista un futuro excepcionalmente maravilloso que la vida me deba porque ya me he esforzado lo suficiente para merecerlo. Ahora comprendo que lo normal es sufrir. Sufrir es parte de la vida y ya está.

Presiento que la primera interpretación que ustedes podrán dar a mis palabras es que estoy deprimida y que soy una pesimista, pero no es así, me siento más plena que nunca porque justamente he decidido hacer las cosas lo mejor posible en cada instante. Sin esperar ese momento cumbre del que antes he hablado. Hacerlas bien por el placer de hacerlas bien. Hacerlas bien porque ya de por si vivir está de la chingada como para además agregarle el factor irresponsabilidad y negligencia a mis actos.

Porque, imagínense, de por si pandemia, de por si gobierno corrupto, de por si clima que nos inunda las calles y nos quema los bosques, de por si violencia, de por si economía de la chingada, como para yo todavía ir y pelearme con un mesero porque se le olvidó que mis tacos iban sin cebolla. O molestarme con mis roomates porque no lavaron un plato o no sacaron la basura. Es decir, ya el mundo por si solo es caótico, es complejo, es culero, como para nosotros, que se supone que somos seres pensantes, agregarle más caos, más drama, más dolor a nuestra existencia colectiva. Porque, “¿qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?” (Miguel de Unamuno)

No con esto quiero decir que no hay que quejarnos. Que no hay que decir lo que nos molesta o lastima, sino más bien que, teniendo en cuenta que siempre hemos de lidiar con aspectos que no podemos controlar (véanse las primeras líneas del párrafo anterior), debemos ser un poco más inteligentes con las luchas que nos vamos a aventar cuando sí tenemos el control y/o poder de decisión. Nada nos cuesta ser amables.

Fíjense, el otro día pensaba justamente en que mi ideal de vida, contrario a lo que deseaba en la juventud más joven; trascender, dejar huella, marcar un hito en la historia de la humanidad, ahora mi pensamiento se reduce a un simple: “Marisol, si no vas a ayudar, por lo menos no estorbes”.

Por ejemplo, no puedo rescatar a todos los perros de la calle, pero puedo al menos esterilizar a mi mascota. No puedo por ahora tener un asilo de ancianos chingon (como es uno de mis anhelos), pero al menos trato de cuidar a los viejitos de mi familia, de ser amable con cualquier anciano que se cruce en mi camino. Y así sucesivamente. No ayudo gran cosa, pero al menos no estorbo. Y a veces creo que eso ya es de gran ayuda. Y esto nos hace retomar lo que les contaba más arriba. Personalmente, no quiero esperar a que llegue un momento concreto para hacer algo chingon, prefiero hacer lo mejor puedo con lo que tengo TODOS LOS DÍAS.

Y para llegar a este entendimiento tuve que tomar por fin la decisión de hacerme responsable completamente de mi persona, de mis pensamientos, de mi cuerpo, de mi salud, de mis decisiones y sus consecuencias. Dejar de utilizar mis carencias afectivas de la infancia para justificar ciertas indolencias en mi vida actual. Dejar de sentir, pues, que la vida me debe algo.

Nota random que nada que ver con este texto: es curiosa la forma en que nos referimos a “la vida” como si fuera un ente que ve, escucha y piensa. Es como cuando decimos “la gente” se apendeja cuando llueve y por eso choca. Como si cada uno de nosotros no fuéramos gente. Igual la vida, la culpamos como si fuera “alguien”, pero este es tema para otro ensayo. Continuo…

Insisto, no tengo diez secretos para valer menos verga en la vida y aunque los tuviera, no tengo ninguna autoridad moral para darlos como verdaderos. Simplemente hablo desde mi experiencia, desde lo que me ha ayudado a sentirme menos peor. Y quien quite y por ahí alguno se siente identificado.

Finalmente, por más que leo y re leo las siguientes líneas, van más allá de mi entendimiento, pero por alguna extraña razón siento que deben estar aquí para cerrar este ensayo.

“Nunca abandona la esperanza al hombre que piensa en miserias. Su mano escarba con avidez la tierra para encontrar tesoros, y se da por muy contento con hallar un gusano.” (J.M. Goethe, Fausto)

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Chenny

Recuerdo que cuando entré a la sala de emergencias a ver a mi papá, en una ocasión que tuvo una crisis respiratoria, lo encontré dormido. A su lado había un señor mas o menos de su edad (70s), no supe la razón de su hospitalización, pero reconocí enseguida que el suéter que tenía puesto y la almohada bajo su cabeza, eran las que yo le había llevado a mi papá.

En cuanto despertó, le hice señas para preguntarle por qué el señor de la cama de al lado tenía su suéter puesto. Me respondió en voz baja: “Es que tenía frío, el pobre, y no hay quien le traiga una cobija o algo” “¿Y tú no tienes frío?”, le pregunté. “Sí, pues, pero es que él estaba temblando”.

En otra ocasión, hace no mucho, cuando yo me encontraba fuera del país, le llamé para saber cómo estaba, me dijo que tenía un nuevo amiguito vecino, un señor con mal de párkinson que vivía solo. Me contó que iba todas las tardes a llevarle comida y a platicar con él un ratito porque el señor ya no podía salir de su casa debido a su enfermedad. Y que le hacía mandados porque, pues, estaba solito. Su familia ya no lo frecuentaba. “Le llevé el calentocito que me regalaste, hija, para que no pase fríos ora en el invierno”

Recién le había regalado yo el aparato para que ÉL durmiera calientito, no el vecino, pero, ¿qué hacía yo? ¿Enojarme con él por ser cómo es? Sería una hipocresía de mi parte molestarme por las razones que más lo admiro. “Ok, pá, hay que comprar otro para ti”, le respondí.

Me queda claro que todas las personas creen que tienen al mejor papá del mundo. Y no lo dudo, seguro lo tienen, es natural que así sea.

Y no me atrevo a decir que Chenny sea el mejor papá del mundo. De hecho, detesto ese tipo de frases grandilocuentes: “lo mejor esto del mundo”, como si deveras.

Pero es cierto que mi Chenny es de verdad es una persona inusual. Y, no. No. 

No lo digo solo porque sea mi padre, no es por el hecho de haberme dado la vida que lo amo y lo admiro. Porque, en realidad, no lo admiro solo como padre, sino como ser humano. No voy a decir que no existe en el mundo una persona más noble que él, seguramente las hay, y muchas. Pero no las he conocido. Y tengo la fortuna de conocerlo a él. Y tengo la fortuna de que sea mi padre.

Entonces, ¿quién es Chenny? ¿Por qué lo admiro tanto?

Verán, digamos que Chenny es un papá soltero. Nos crió, solo, a mis hermanas y a mi desde que teníamos 4, 9 y 14 años. Siempre bromeaba con conseguirnos una mamá, “una paloma”, como él dice, pero nunca lo hizo, dedicó su vida a nosotras. A sus tres carabelas.

Pero no es solo por eso que lo admiro, aunque claro que se lo agradezco.

Saben, Chenny nunca se sentó a hablar de valores con nosotras, sobre lo que era la honestidad, el respeto, la bondad, la compasión. Nunca. No había grandes conversaciones, de hecho. Pero ahí estaba él siempre mostrándonos cómo ser una persona íntegra, honesta, confiable, sincera. Siempre, siempre, SIEMPRE, predicando con su ejemplo.

La última vez que lo llevé a emergencias, hace un par de años, había llegado a su casa y lo encontré en el sillón, pálido, con los labios y las uñas de color morado. No podía respirar bien y yo no entendía lo que me quería decir. Decía frases sin sentido. Tomé un taxi y lo llevé a emergencias. Al llegar al IMSS, el médico me dijo “Si no lo hubieras traído, le pudo haber dado un paro respiratorio”. Tenía menos de 40% de oxigenación en la sangre, cuando lo normal es arriba de 80%.

Nos pasaron a la sala de emergencias que, para variar, estaba saturada, no había camillas disponibles y tenían a las personas conectadas al oxígeno, pero sentadas en sillas. Me puse de cuclillas a su lado.

En cuanto recuperó la conciencia, el oxígeno y la voz me dijo: “¿Te quieres sentar tú en la silla, hija? Yo me siento en el suelo”. Negué con la cabeza y me agaché para que no me viera llorar.

Lo que pensé en ese momento fue: “¿es neta, pa’?, que tú eres el enfermo y me ofreces la silla a mí?”

Y por eso les digo que, independientemente de que sea mi padre y exista un sentimiento intrínseco en ese hecho, lo admiro por su manera tan desinteresada de dar.

Lo admiro porque cada que le es posible, planta árboles en el parque cercano a su casa.

Lo admiro porque, aunque siempre reniega por los animales; es quien le da de comer a los perros, los saca a pasear, los baña.

Porque siempre ha respetado la manera de vivir, y la ideología, de cada una (hablando de mis hermanas y de mi), “mientras sean buenas personas , se apoyen entre ustedes y respeten al prójimo, crean en lo que se les de su chingada gana”, nos dice.

Lo admiro porque me ha enseñado que el tener un pasado culero no debe determinar, de ninguna manera, la forma en que interactuamos en el mundo en el presente.

Lo admiro porque, aunque él este jodido, siempre se siente fuerte como para ayudar a otros más jodidos que él.

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Chambitas II

“¡No es Elmo, es la payasita!”, gritaban los niños mientras bailaban alrededor mío y me jaloneaban la botarga.

Aunque ya sabía que no me gustaban los niños, creí que trabajar como payasita en fiestas infantiles sería una buena idea. Tenía diecisiete años.

Mi amiga Karla y yo acudimos a la entrevista a una empresa de eventos infantiles. Nos pagarían unos quinientos pesos por pasar dos horas con un disfraz de colores, unos zapatos ridículos y con la cara pintada. Solo teníamos que entretener a los críos con juegos y pintándoles la cara de Spiderman, mariposas, ratones o lo que quisieran. No parecía un trabajo duro.

Acudimos, pues, al llamado. Se nos explicó que, por ser nuestro primer día, nos iban a separar a dos fiestas distintas para ir con otras payasitas ya experimentadas que nos capacitarían en cuanto al manejo de niños y las dinámicas. También nos dijeron que, por ser día de prueba, no nos iban a pagar. Aceptamos. Creímos que valdría la pena la inversión.

Ese mismo día, nos prestaron el uniforme, nos maquillaron y nos repartieron en una furgoneta de colores a las distintas fiestas donde se habían solicitado los servicios de payasitas. Me despedí de Karla, nos deseamos suerte.

Conforme avanzaba la fiesta, la payasita premium me explicaba los juegos que había que hacer y el orden que se debía seguir en las fiestas. Ya saben, los juegos, la piñata, el pastel… el objetivo era entretener a los niños. Pintó algunas caritas, yo simplemente le asistía con los materiales que se iban requiriendo. Después de todo, no era tan malo lidiar con los chiquillos. Eso pensé hasta que la payasita premium comenzó a preguntar a los niños “¿Ya quieren que venga nuestro invitado especial?” Yo no sabía a qué se referiría con lo del invitado especial, pero lo supe cuando los niños empezaron a aclamar con fuerza “¡Elmo! ¡Elmo! ¡Elmo!”

La payasita premium se me acercó con un bulto negro y me dijo que fuera al baño a ponerme la botarga de Elmo, que ella entretendría a los niños. Esa parte no nos la habían explicado al momento de la inducción. Pero sin chistar, aunque sí con un nudo en la garganta, me llevé el bulto al baño de la terraza y me dispuse a disfrazarme. Recuerdo que el baño era tan estrecho que cuando me puse la enorme cabeza del muñeco rojo, me traje un trozo de pared descarapelada.

Sacudí el disfraz y salí con cautela del baño. Me dirigí al centro de la terraza, pero como en mi puta vida me había puesto una botarga, no controlaba bien los movimientos de la cabeza y, de cuando en cuando, se me asomaba un poco el cuello y el disfraz de payasita que llevaba puesto.

Los eufóricos niños corrieron hacia mí para saludar a su “personaje favorito”. Me estiraban la manita, pero yo no podía estirar la mano porque si me soltaba la cabeza se me caería y descubrirían la farsa o se me rompería el cuello. Lo segundo era lo que en realidad me preocupaba.

Por si no fuera suficiente la tortura de estar dentro de una bola de pelos en pleno verano, la payasita premium agregó grado de dificultad a la escena: “¿Quieren que baile Elmo?”, preguntó a los niños. No creo que tenga que contarles cual fue la respuesta de las lindas criaturitas.

Sin soltar mis manos de la cabeza, comencé a menear el trasero.

Tal vez ustedes se rían mientras leen esto, pero yo lloraba dentro de la botarga de Elmo. No solo por la asfixia que sentía, sino por la humillación que recibí al ser descubierta por uno de los niños más vagos. “¡No es Elmo, es la payasita!”, gritaba el crio mientras me jalaba de las manos para que se me cayera la cabeza.

Terminó nuestro trabajo en cuanto repartimos el pastel y la gelatina.

Nos quitamos el disfraz y la payasita premium guardó el equipo en una maleta. El regreso a casa no estaba contemplado en los beneficios de la empresa. Tuve que volver en autobús. En los cuarenta minutos de trayecto y con la cara todavía grasienta por la pintura de payasa, me preguntaba como estaría Karla. Si también le habría tocado vestirse de algún personaje. Si su botarga también le habría quedado grande. Si a ella tampoco le habían dado aunque sea para el pasaje de autobús.

Más tarde supe que a Karla le había ido algo peor que a mí. No solo porque también tuvo que disfrazarse de Beto de Plaza Sésamo, sino también porque al volver a casa, le esperaron con un castigo y con una chinga por haber llegado tan tarde.

Por si les queda duda después de leer esto, no volvimos a ser parte del equipo de Payasitas Kimberly.

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Chambitas I

Siempre que te pregunten si puedes hacer un trabajo,

contesta que sí y ponte enseguida a aprender cómo se hace

FRANKLIN D. ROOSEVELT

Es inevitable googlear “cómo hacer un buen curriculum vitae exitoso” cuando se trata de ir en busca de un empleo o de un ascenso en el actual empleo, siempre procurando ser más contundentes y formales en la información que presentamos. Hacemos un resumen de nuestra vida profesional, resaltando aquellos aspectos que creemos relevantes; diplomas, manejo de un segundo idioma, ascensos, reconocimientos.

Evitamos incluir aquellas “chambitas” que podrían manchar nuestro tan impecable documento de presentación ante los reclutadores (de preferencia que no exceda las dos cuartillas porque pierden el interés y lo botan rápidamente).

No solo eso, creamos diferentes versiones de acuerdo al campo laboral al que aspiramos; no es lo mismo un curriculum para ser asistente de cocinero, que uno para ser community manager de una agencia de publicidad, aun y cuando se tengan las capacidades para realizar ambas labores. Es posible que, para postularnos a ser asistente de cocina, sea conveniente destacar la experiencia en el restaurante de la familia y para ser community manager, el servicio social en el área de comunicaciones de alguna instancia de gobierno; siempre buscando que la información sea pertinente para el puesto en cuestión. En realidad, todo está en las palabras que se utilizan y el énfasis que se les da. Se puede decir que somos chingones para varias cosas, pero no siempre es relevante mencionarlo.

 Y está muy bien en términos prácticos. Sin embargo, tengo una objeción al respecto: ¿qué pasa con todos los trabajos temporales que preferimos no mencionar porque “no se ve bien” en nuestro CV?, aquellos empleos en los que, tal vez duraste un mes o dos. ¿Y qué decir de los voluntariados y las experiencias que nos han llevado a ser lo que somos y saber lo que sabemos?

Me pregunto, ¿todo eso no cuenta para formar el carácter de una persona? ¿Acaso no habla también del sentido de responsabilidad, del coraje, la disciplina y resolución de problemas?

Por esa razón, he decidido hacer un recuento de todos los trabajos que he realizado y dar a conocer, de una vez por todas, mi verdadera Hoja de vida.

El empleo más prematuro que recuerdo, fue el de ayudarle a mi padre a cobrar en su negocio de venta de hot-dogs. Yo empaquetaba los pedidos para llevar, surtía la mercancía en la tiendita, y también me tocaba hacer trueque con los demás vendedores de la plaza donde vendíamos: “Don Gus, que dice mi papá que si le regala dos jitomates y una cebolla porque ya no hay en la tienda y que él le paga con perros calientes”. Habré tenido unos siete años. Creo que ahí comencé a desarrollar mis habilidades de Servicio al Cliente y Relaciones Públicas.

Luego, mi abuelo Beto me levantaba a las seis de la mañana todos los veranos para ayudarle a repartir hielo. Tenía clientes en distintas colonias. Mi trabajo era bajarme de la camioneta, tocar en las tienditas y negocios para saber si iban a querer hielo y cuánto: un cuarto, medio cuarto, una barra, diez pesos. Al inicio solo era eso y anotar en su cuaderno las ventas para poder regresar a cobrar el fin de semana. Digamos que era una especie de asistente de hielero. Conforme fui creciendo (diez, once años) se me delegaron más actividades como partir el hielo y hacer el entrego. Usábamos unos ganchos de acero inoxidable para encajar el trozo de hielo y poder transportarlo. Creo que lo más pesado que cargué fue un cuarto (quince kilos). Ya para las medias barras, mi abuelo colocaba la pieza en un diablito. Mi abue no me pagaba con dinero, pero cuando hacíamos las entregas en los tianguis, me dejaba escoger la fruta que yo quisiera y, si teníamos tiempo, pasábamos con su amigo que vendía chácharas usadas para que yo escogiera algún juguete.

Después, vino el changarro de raspados en la cochera de mi casa. Mi papá me compraba las mieles en el parque Morelos, lo cual daba cierta confianza a la clientela acerca de la calidad y el buen sabor de nuestro producto. Con ese negocio aprendí el valor de tener una franquicia. Para ese momento tenía unos doce años.

Y más o menos por la misma edad, también ayudé a mi vecina doña Chole a vender tamales oaxaqueños que ella misma preparaba. Yo cargaba el termo con champurrado y ella se hacia cargo de la olla de tamales. Íbamos andando hasta la estación de Tren Ligero más cercana, unos quince minutos a pie. Llegábamos a la estación de Juárez, donde se hace el cambio de la línea uno a la línea dos, y ahí, gracias a los oficinistas y transeúntes, terminábamos la mercancía en un par de horas. Doña Chole me pagaba veinte pesos al día por ayudarle y me guardaba tamales y champurrado para llevar a mi casa después de la jornada… Qué curiosa es la mente, que registra cosas que no se borran nunca. Justo al escribir “tamal oaxaqueño y champurrado de doña Chole”, rapidito vino a mi mente el recuerdo de esos olores y sabores tan inigualables. Y ahora que veo en retrospectiva, los tamales estaban tan buenos, que ni siquiera debí haber aceptado los veinte pesos de doña Chole.

Mas adelante, por ahí de los dieciséis años, comencé a buscar empleo más en forma. Agarraba el periódico El Informador, me iba a la sección de Avisos de Ocasión y con una pluma seleccionaba los posibles empleos a los que podía aspirar. Anuncios como “¿Quieres ganar veinte mil pesos a la semana por cuatro horas de trabajo?, ¡llámanos!”. Creo que mi mente borró, convenientemente, varias experiencias sobre ese tipo de anuncios, pero recuerdo una muy puntual. Llegamos mi amiga Fernanda y yo, entusiasmadas, haciendo planes a futuro con los veinte mil pesos a la semana que íbamos a ganar. Vestíamos nuestras mejores prendas para la entrevista y llevábamos nuestra solicitud elaborada en una carpeta amarilla. Llegamos a la dirección indicada, en el centro de Guadalajara. La oficina de la empresa constaba de dos cuartos en un local que estaba subiendo unas escaleras, en la parte superior de unas Farmacias Benavides. En ese momento nos comenzó a parecer extraña la apariencia de “tan prestigiada” empresa, pero decidimos confiar.

Al preguntar por la vacante, nos recibió un tipo chaparro con un traje de color café que, era obvio que le habían prestado o su abuelo se lo había heredado. No lo digo solo por lo deslavado que lucía, sino porque la mano que extendió para saludarnos, se le cubría hasta los dedos por el excedente de la manga del traje. Salimos de ahí en cuanto pudimos, fingiendo que íbamos a sacar un par de copias, y nos prometimos no confiar jamás en esos anuncios del periódico ni en ninguna persona con traje que le quede grande y que te reciba diciendo “Bienvenida al mejor día de tu vida”.

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Las ventajas de no tener una mamá

No parece ser un buen título para un día como hoy, en el que se celebra y honra a las madres, pero verán, les cuento a qué me refiero.

Primero, es importante decir que claro que tengo madre, no cuento con la suerte de estar hecha de una costilla de Adán, vengo de un vientre como todo mundo. Pero resulta que no fui precisamente criada por mi madre biológica y ese hecho me ha dado la oportunidad de tener varias madres a lo largo de mi historia. He sido afortunada al encontrar a muchas mujeres (y hombres) que han hecho el papel de madre en mis diferentes etapas de la vida. Al fin y al cabo, se supone que una madre es quien cuida, protege, aconseja, disciplina, apoya… ¿No?

Por eso hoy les comparto por qué considero que es mejor no tener una sola. Pero antes, les presento brevemente a mis madres:

En primer lugar, está mi mamá Chenny, mi padre. Quien me llevaba al Kinder bien peinada, me hacía a veces dos colitas, chuecas, pero con el moño bien puesto.

Después, tengo a mi madre y hermana mayor, María. Pobre… me tenía que llevar a sus clases de prepa cuando no había quién me cuidara en casa. También tenía que cargar conmigo a las citas con sus novios de adolescencia. Recuerdo que me decía “cierra los ojos” cuando se iban a dar un beso. No sé si se habrá dado cuenta que yo hacía trampa y me cubría con las manos, pero entre abría los dedos para verlos darse un pico.

Hasta la fecha, no sé porque le llamo a ella cuando me duele algo, aunque ya existe Google para buscar qué pastilla me puede servir para la gastritis, le llamo. Es como si el omeprazol surtiera mejor efecto cuando ella me lo sugiere.

Mi abuelo Beto fue la madre más… más sabia, podría decir. Sus anécdotas de vida (contadas en MUY repetidas ocasiones) y mis anécdotas a su lado, resuenan de manera frecuente en mi cabeza y siempre me inspiran a escribir algún relato.

Mi tía Lupe es otra madre que tengo, a ella le tocó lidiar con mis imprudencias infantiles, la hacía trabajar a marchas forzadas para ayudarme a conseguir mis disfraces: “Tía, tengo que ir disfrazada de mariposa a la escuela”, le decía un día antes del festival.

Mientras analizaba las ventajas de no haber crecido con una madre, por un momento contemplé el hecho de no haber soportado los famosos golpes con la chancla. Pero luego recordé que, con mi tía Chela, los golpes eran con una chancla, con un gancho de la ropa, con una pala de la cocina… casi cualquier objeto servía para reprimirme: “No te levantas de la mesa hasta que termines de comer” “Aquí no es mesón para que comas a la hora que tú quieras”, eran algunas de sus frases. Pero también estuvo ahí cuando me intoxiqué por comer salchichas con chile, por mencionar un caso concreto.

La lista de mis madres no concluye dentro del círculo familiar. Algunas vecinas también fueron parte crucial en el desarrollo de mis primeros años. Doña Alma, la mamá de mis amigas/vecinas de la casa anaranjada, no solo me daba de comer, sino que también cargaba conmigo como si fuera una más de sus hijas; íbamos a la playa, al río, a visitar a los abuelos de las niñas. A donde sea que ellos iban, yo iba.

Es bastante raro que, a mis 31 años, cuando me encuentro a las vecinas por la calle me digan: “Uy, me acuerdo que yo te cambiaba el pañal” o “Uy, me acuerdo que de chiquita te quedabas a dormir porque no te querías salir de mi casa”. (Qué vergüenza).

Luego, ya más grandecita, las mamás de mis amigas de prepa también la hicieron un poco de mamás; unas me mandaban lonche, otras me cooperaban para los libros. Hay una mamá desde prepa a la que todavía sigo pidiendo consejos de vida: Gloria Ortiz. A veces le digo tía, a veces mamá, a veces Gloria a secas. Como sea, sé que tengo su cariño y cuento con su apoyo incondicionalmente.

Más recientemente, en mi viaje a España, conocí a mi madre Isabel Ortega. Ni ella imaginó que nos encariñaríamos tan pronto, cuando me vio llegar por primera vez a su casa buscando alquilar una habitación. Luego me confesaría que pensó que yo era una “hippie mochilera sin rumbo”.

Y por eso les digo que hay ventajas en no haber tenido una mamá, sino varias: he probado diferentes platillos y sazones, he recibido consejos desde distintas ideologías; unas más conservadoras, otras más open minded. Lo cual me ha permitido forjarme un criterio propio a partir de la guía de personas tan diversas y maravillosas.

La única desventaja de todo esto es que me es imposible enviar tantas serenatas el día de las madres. Pero eso no resta valor al agradecimiento genuino que siento por cada una de ellas.

¡GRACIAS, MAMÁS!

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El maquillaje no me va… Ni a mi escritura

Cuando escribo, lo único que sé es que sufro de dolor, de esperanza, de alegría; sé que estoy sufriendo y que necesito decirlo

JAIME SABINES

Es cierto, no soy capaz todavía de ponerle nombre a mis oraciones. No me queda claro si la frase que escribo es una oración subordinada, coordinada o yuxtapuesta. Por ahora procuro no separar sujeto de predicado y el verbo del adverbio; cuido los acentos y hago mi mayor esfuerzo con la coma vocativa y el punto y seguido para no romper con la armonía del texto. 

El siguiente paso es buscar transmitir las ideas de manera asertiva y sin separarme de la sinceridad. Poner atención en la ortografía y la gramática, sí, pero sin buscar tanto en el diccionario y ahondar más en la consciencia.

Considero la escritura como un acto de respeto a mí misma; por ello, siento el deber de ser honesta, transparente… Que cuando alguien me lea pueda sentir la velocidad de la sangre que corre por mis venas, el bombeo de mi corazón… Pum PUM, pum PUM.

Defiendo que la misma auto edición de un texto debe sostener la esencia del yo autor y del texto mismo. Una búsqueda forzada de sinónimos para “evitar repeticiones” o construcciones demasiado POMPOSAS y COLOSALES llenas de METÁFORAS y ALEGORÍAS me hacen recordar una Navidad en concreto.

Había llegado temprano a la reunión de Nochebuena a casa de una de mis tías y subí al cuarto de mis primas, que todavía se estaban “arreglando”. “Desde las 5:00 nos metimos a bañar y todavía no estamos listas, ¿tú crees?”, me dijo una de ellas. Miré el reloj, eran las 8:30.

Tenían ropa dispersa por toda la alfombra de la habitación. Sobre la cama, dos maletillas gigantes llenas de frasquitos de todos los tamaños y con distintos materiales: polvos, líquidos, pegamentos. Además de utensilios como brochas y esponjas, también de distintos tamaños. Si no fuera porque vi que se embadurnaban cosas en la cara, podría apostar que eso (a lo que ellas llamaban cosmetiquera) era la maleta de trabajo de algún artista plástico restaurando algún santo.

Me recosté en la cama a esperarlas. Observaba a una y a la otra, al igual que los objetos alrededor. No exagero si digo que entre las dos primas tienen trescientos pares de zapatos, TRESCIENTOS. De todo tipo, de todos los colores y texturas: de verano, de invierno, deportivos, de playa, de ciudad, de bosque, de fiesta, de cine, de escuela. TRESCIENTOS pares. En un perchero junto a la puerta, había bolsos; chicos, GRANDES, medianos. Y en una repisa de madera: perfumes, cremas, lociones. Muchas cosas, mucho de todo.

Entre la espera y el ver que se maquillaban con tanta pasión y minuciosidad, me dejé llevar y comencé a hacer lo mismo que ellas, pero al notar que yo no tenía idea de para qué era cada frasco y cada brocha del maletín, se encargaron de mí. Me peinaron, me maquillaron, me prestaron ropa: una mini falda, una blusa ombliguera, medias, zapatillas altas y hasta un push up bra para resaltar los atributos. Luego de las horas de producción, me vi en el espejo, me veía linda, de las pocas veces que me he visto femenina (sin contar la vez que usé vestido en mi primera comunión a los once años). Nos hicimos un par de fotos juntas. Me veía bien, pero no me parecía a mí. Ellas sí se parecían a las de siempre y se veían muy lindas, pero yo simplemente no me sentía yo, era otra con mi cara.

Así de artificial creo que es la escritura deshonesta y llena de artificios, como yo en esa fotografía con maquillaje, pestañas postizas y push up bra. De esa manera entiendo que, si mi escritura soy yo, y que no me puedo desvincular, entonces prefiero no usar maquillaje.

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¡Por fin tengo blog!

Escribir es una forma sofisticada de silencio

ALESSANDRO BARICCO

Luego de terminar el máster en Escritura Creativa, muchas personas me preguntaron que por qué no tenía algún sitio donde pudieran leerme. Bueno, en realidad no fueron “muchas” las personas que me lo preguntaron, pero sí las suficientes para motivarme.

Lo cierto es que tenía años queriendo iniciar mi blog, lo tenía escrito en mi lista de propósitos de año desde 2015 y nomás no había tenido ni el valor ni la disciplina para hacerlo.

Porque se necesita valor para abrirse y dejar que lo lean a uno. Después de todo, y aunque a veces escriba ficción, mis palabras escritas vienen de mis pensamientos, y mis pensamientos… pues son míos. Son reales. Son sinceros. Son yo misma. Entonces, leer mis textos es casi como si la persona quien me lee y yo estuviéramos conversando frente a frente… Casi.

Y decía, se necesita disciplina también, sobre todo cuando no eres diseñador/diseñadora de páginas web. Toca ponerse a picarle a las herramientas para crear blogs, toca ver tutoriales; toca pensar en el contenido, en los colores, en lo que se quiere expresar y proyectar. Y a propósito de lo que se quiere expresar y proyectar, les cuento por qué decidí ponerle Mostly Random Thoughts a este blog.

Sucedió algo muy curioso, mientras seguía las instrucciones de “cómo crear un blog paso a paso”, coloqué a manera de título la frase Mostly Random Thoughts, en ese momento lo escribí según yo “por mientras se me ocurría un nombre para blog”. Después caí en cuenta de que ese debía ser el nombre. Y que, de hecho, era el nombre perfecto. No solo porque había venido a mí mente de manera muy orgánica, sin pensarlo mucho y sin siquiera haber llegado al tutorial de “cómo elegir un buen nombre para tu blog”, sino también porque la esencia de este blog se ha quedado impregnada desde la manera tan random en que decidí nombrarlo.

Por otro lado, también es cierto que el nombre se justifica por el tipo de textos que quiero compartir con ustedes. No tengo una línea temática, ni un género literario en particular al que me pretenda apegar. Tal vez un día les comparta un relato, otro día un cuento de ficción o un ensayo literario, o simplemente un una reflexión o pensamiento random que me ronde la cabeza en determinado momento. A fin de cuentas, y citando al escritor Gabriel García Márquez, “Cuando se quiere escribir algo, se establece una especie de tensión recíproca entre uno y el tema, de modo que uno atiza al tema y el tema lo atiza a uno”.

Por lo tanto, la única pauta a la que me he propuesto alinear es la de ser lo más sincera posible con mi escritura.

Dicho esto, les agradezco por pasar por aquí a leerme. Espero que disfruten las lecturas tanto como yo disfruto escribiéndolas.

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